Rutina

Cuando subió al piso de arriba para protestar por el volumen de la música, le abrió la puerta una adolescente vestida con una camiseta que no llegaba a cubrir las braguitas que llevaba por toda indumentaria más abajo de la cintura. Empezó a balbucear sus quejas pero la muchacha, picarona, se quedó observando la erección que se evidenciaba a través del pijama que él llevaba. Ella deslizó su mano a lo largo del miembro, por encima de la ropa, apretándole los testículos. Él cerró los ojos, masculló algo ininteligible y regresó a su apartamento. Ella cerró la puerta.

Su novio, semidesnudo, le esperaba en el sofá.

– ¿Qué dice tu vecino? – preguntó.

– Lo de siempre – dijo ella, acurrucándose contra él – que la música le toca los huevos.

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