Moscas de dudosa inteligencia

En mi casa existía una regla: no matábamos moscas. Las pobres eran bastante tontas y estaban lo suficientemente mal de lo suyo como para empeorarlo haciendo el trabajo que ya hacen ellas mismas. Vamos, que son suicidas.

Por si acaso, hablo de esas moscas chiquititas, a medio camino entre las repugnantes que sobrevuelan en nubes la basura y esos moscardones horribles que zumban incansablemente y que cada vez que se posan hacen un ruido equivalente y proporcional a un jumbo al que de pronto le cerrasen los trenes de aterrizaje sin haber llegado a despegar. En latín macarronico podríamos denominarlas algo así como «moscus domesticus».

Volviendo a la situación, lo cierto es que su comportamiento era, de tan errático, curioso. Estabas tan tranquilo fumando un cigarrillo cuando ¡paf! apagabas la colilla sobre una que no había tenido mejor cosa que irse a estrellar en el cenicero. O ves a otra que de pronto se golpeaba tan fuerte contra la pared que caía al suelo y deambulaba por él como si hubiera olvidado como se usaban las alas.

Pero un día cometí un error: mate a una. Fue una equivocación, lo juro: creía que era algún otro tipo de insecto repugnante que andaba trepándose por la pared, no una mosca ensayando con éxito el aterrizaje vertical (cosa, por otra parte, bastante rara en mi hogar).

Desde entonces, las cosas han cambiado. Aún soñando con la esperanza de regresar al tácito pacto de no agresión anterior, me rehúso a matarlas. Pero la situación ya se está volviendo insostenible. No es que hayan mejorado su inteligencia, ni mucho menos: siguen tan estúpidas como antes. La diferencia es que ahora, además de suicidas, son kamikazes.

Y resulta taaan molesto…